Gotas de agua líquida y congelada a la misma temperatura: las congeladas contienen un nucleador de hielo. Crédito: Boris Vinatzer.
Puede sonar raro, pero algunos hongos podrían influir en el clima. Eso plantea un estudio publicado en Science Advances por un equipo internacional con participación de investigadores de Virginia Tech: identificaron unas proteínas de origen fúngico capaces de hacer que el agua forme hielo a temperaturas bajo cero que todavía no son tan extremas.
La misma lógica que la siembra de nubes
Ese principio es, precisamente, el que está detrás de la siembra de nubes, una técnica que busca provocar lluvia introduciendo partículas que ayudan a congelar gotitas de agua. Cuando esas gotitas se congelan, forman cristales de hielo que luego crecen, se vuelven más pesados, caen, atraviesan aire más cálido y terminan llegando al suelo como lluvia.
Hoy, uno de los materiales más usados para sembrar nubes es el yoduro de plata, considerado altamente tóxico. Ahí es donde entrarían estas proteínas de hongos: los investigadores creen que podrían ofrecer una alternativa más segura, siempre que se logre producirlas en cantidad suficiente y a bajo costo.
Un origen inesperado: genes bacterianos en hongos
La historia se vuelve más interesante cuando el equipo analizó el origen de la proteína: todo apunta a que el gen responsable no nació en los hongos. Según sus análisis, un antepasado de estos hongos habría obtenido ese gen desde bacterias mediante transferencia horizontal, un proceso en el que organismos intercambian genes sin relación de parentesco directo. No es imposible, pero tampoco es algo común, y por eso llamó la atención de los científicos.
Décadas buscando al responsable
Desde los años noventa ya se sabía que ciertos hongos podían favorecer la formación de hielo, pero faltaba identificar exactamente qué gen estaba detrás del fenómeno. Eso recién fue posible gracias a avances recientes en secuenciación genética y análisis computacional, que permitieron revisar los genomas de hongos de la familia Mortierellaceae hasta encontrar al responsable.
Todavía no está claro qué ventaja exacta le da esta proteína a los hongos en la naturaleza, pero sí se observaron señales de que fue perfeccionándose con el tiempo: la selección natural la habría ido afinando, haciéndola más eficiente y, con ello, más atractiva también para posibles usos tecnológicos o industriales.
Alimentos, criopreservación y modelos climáticos
Una diferencia importante frente a alternativas bacterianas es que estas proteínas fúngicas son solubles en agua y no dependen de usar la célula completa. Eso las hace más manejables: en alimentos congelados podrían servir como un aditivo más limpio y controlable que introducir bacterias enteras.
También podrían tener un rol en criopreservación —la conservación de tejidos, esperma, óvulos, embriones y otros materiales biológicos a muy bajas temperaturas—, ya que si el agua alrededor de la célula se congela antes y en condiciones mejor controladas, se reduce el daño causado por temperaturas extremas.
El hallazgo también podría ayudar a entender mejor el clima: la formación de hielo dentro de las nubes influye en cuánta radiación solar reflejan hacia el espacio y cuánta llega finalmente a la Tierra. Conocer mejor esta molécula fúngica facilitaría rastrear cuánto aparece realmente en las nubes, y eso podría mejorar los modelos climáticos del futuro.
Fuente
El estudio original, publicado en Science Advances, fue reportado en español por Robotitus, medio a partir del cual conocimos esta noticia.
